Friday, November 16, 2007

Surrealismo, sociología y literatura

El final del siglo XIX y los comienzos del siglo XX significaron en la literatura euro­pea y, particularmente en la francesa, el predominio del simbolismo como expresión continuadora de las viejas fórmulas del romanticismo. Pero, paralelo a este movimiento artístico definido como enemigo de la enseñanza, la declamación, la falsa sensibilidad y la descripción objetiva, el positivismo y la filosofía del pro­greso implicaron una corroboración de las poten­cias intelectuales del hombre. Los poetas, pintores y escultores de esa época se movían entre ambas corrientes y del predominio de una de ellas surgiría la nota distintiva de su obra.
Para la sociología formalista alemana de Leopold von Wiese (1876-1969), el individuo, frente al proceso social, opta por dos comportamientos opues­tos: o se integra al proceso colectivo, a sus particulares modos de vida, a sus instituciones consagradas, a su cir­cunstancia y opera de ese modo un proceso sociológico de asociación o, por el contrario, se desintegra de la comu­nidad, se segrega de su estilo vital, rechaza la legitimi­dad de sus instituciones tradicionales y opera, entonces, un proceso sociológico de disociación.
Entre ambos procesos, sin embargo, media un tercero que participa de los dos anteriores; por una parte, el individuo asume la responsabilidad que surge de su condición de actor so­cial, acepta y ratifica el orden comunitario, impulsa los aspectos a los que adhiere y, por otra parte, advierte sus errores y desajustes y, en ese sentido, niega su colabora­ción, declina su responsabilidad y adopta una actitud crítica y combativa.
Este tercer proceso de la sociología de von Wiese es el que caracteriza y define claramente el comportamiento del escritor surrealista frente a la socie­dad de su tiempo y determina "la síntesis peculiar del estilo contemporáneo que se funda en una contradic­ción entre las anárquicas fuerzas de lo oscuro, que pug­na por sobresalir, y la confianza en las conquistas de la razón", según ha sostenido el poeta y crítico de arte español Juan Eduardo Cirlot (1916-1973) en su "Introducción al surrealismo" de 1953.
La actitud fundamental del surrealismo obedece a una reacción contra las formas literarias tradicionales y exalta la potencia del instinto frente al imperio de la razón, promoviendo -dentro de la obra literaria- la pérdida de un tema conductor, de un desarrollo lógico y de toda coherencia racional.
El escritor, en este caso, protagoniza un proceso de disociación que paradójicamente se fundamenta en el opuesto de asociación, tal como se puede apreciar en la obra de Guillaume Apollinaire (1880-1918), André Bretón (1896-1966), Louis Aragón (1897-1982), Tristán Tzara (1896-1963) entre tantos otros.
Sin embargo, el pro­ceso de disociación sucede al de asociación no sólo socio­lógicamente sino también psicológicamente. Casi sin excepción los protagonistas del movimiento surrealista se rebelan y rechazan la sociedad de su tiempo porque la saben in­conmovible o, así al menos, lo creen. Su actitud comporta la realización de un acto gratuito, una pura liber­tad del espíritu sin consecuencias para el orden social que niega. Y el movimiento surrealista ha tenido plena conciencia de ello. En el fondo, se trata de una situación de clase social que permite una cómoda rebeldía sin menoscabo del destino personal de cada escritor, que sabe de antemano que su negación y condenación carecerán de eficacia. El abandono de los principales protagonistas del movimiento surrealista de las corrien­tes políticas de izquierda a las que en un primer momen­to adhirieron, es una prueba clara y terminante de la inconsecuencia del movimiento.
El surrealismo pre­sume, sociológicamente hablando, una irresponsabilidad, aun­que su subversión haya sido provechosa para la literatura de nuestro tiempo.

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