Las memorias de William Burroughs. Un texto de Juan Gelman

sábado 7 de noviembre de 2009

Después de terminar sus estudios secundarios en Saint Louis y Nuevo México, William Burroughs (1914-1997) estudió literatura inglesa en la Universidad de Harvard. Más tarde realizó un curso de medicina en Viena, y luego volvió brevemente a Harvard para estudiar antropología. Tras la Segunda Guerra Mundial conoció a Jack Kerouac (1922-1969) y Allen Ginsberg (1926-1997) con quienes creó la denominada "Beat generation" (Generación Beat), autores de una literatura experimental en su forma, signada por la improvisación y el collage, y crítica, inconformista y contracultural en su fondo, centrada en la temática de las experiencias con drogas, el sexo y un cáustico sentido del humor. Desde finales de los años '40 viajó por diversos países del mundo, viviendo en Francia, Inglaterra, México y Marruecos, hasta que, en la década de los '70, retornó a los Estados Unidos para residir en Nueva York primero y después en Lawrence, Kansas. Su bibliografía comprende, entre otros, "Junkie" (Yonqui), "Queer" (Marica), "Naked lunch" (El almuerzo desnudo), "The soft machine" (La máquina blanda), "The ticket that exploded" (El billete que explotó), "The wild boys" (Los chicos salvajes), "The last words of Dutch Schultz" (Las últimas palabras del holandés Schultz), "The place of dead roads" (El lugar de los caminos muertos) y "Cities of the red night" (Ciudades de la noche roja). Burroughs, un personaje muy admirado dentro de la industria musical, formó parte del collage de la tapa del disco de los Beatles "Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band"; la banda de rock psicodélico Soft Machine tomó su nombre de uno de sus libros, y colaboró con Tom Waits en el disco "The black rider" y con Kurt Cobain en "The priest they called him". Durante sus últimos años de vida extendió sus actividades artísticas a la pintura, llegando a realizar diversas exposiciones. En la edición del 4 de enero de 2004 del diario "Página/12", el poeta argentino Juan Gelman (1930) publicó un texto a propósito de "My education. A book of dreams" (Mi educación. Un libro de sueños) el libro de memorias de Burroughs. El artículo, titulado "La gracia me llegó en forma de gato", decía así:

"La gracia me llegó en forma de gato", anotó William Burroughs en sus diarios finales; especialmente en forma de Riski, su preferido. El ídolo de los beatniks quería bastante menos a los seres humanos, pensaba que el amor "es mayormente un fraude, una mescolanza de sexo y sentimentalismo que ha sido sistemáticamente vulgarizada y degradada por el virus del poder". Estos diarios no son el canto del cisne de un gran heterodoxo: más bien dan testimonio de las imposiciones de la vejez, como "Qué es el mundo", el poema que Beckett escribiera un año antes de morir. El título de los diarios, publicados en el 2000, es sin duda adecuado: "Last words". Hace además referencia a la fascinación del autor de "El almuerzo desnudo" por el delirio terminal del gangster Dutch Schultz -rigurosamente transcripto por un taquígrafo de la policía- que lo llevó a crear un guión cinematográfico sobre el tema. Felinos aparte, en estas páginas abundan otras entidades no humanas, demonios, extraterrestres que él no ve y espíritus de diversa especie que sí ve. "Una vez pregunté en un sueño a un espíritu maligno italiano '¿quién eres?'. Y él se reía y se reía, y siguió riéndose en una laguna oscura de mármol contra un decorado italiano y era deliciosamente maligno", apunta quien compusiera "Yonqui", ese cuasi tratado sobre la drogadicción. Burroughs había regresado a la ingesta de drogas a los 63 años de edad, luego de 18 años de abstinencia. James Grauerholz, editor y prologuista de los diarios, describe la vida cotidiana de Burroughs entonces y hasta su muerte en 1997. Habitaba una cabaña de dos ambientes en Lawrence, Kansas, con rosales en el porche y una etiqueta en la puerta que informaba de la presencia de gatos en el interior que debían ser salvados en caso de emergencia. Comenzaba la mañana con una inyección de metadona y un desayuno suculento. Después de mediodía practicaba tiro al blanco con pistola y cuchillo. El tiempo de los tragos llegaba a las 15.30 en punto y solía trabajar en sus diarios hasta la cena con amigos. Se acostaba a las 9 de la noche, no sin antes hacer una ronda alrededor de la cabaña pistola al cinto. Burroughs había cambiado. Atrás quedaban las larguísimas tenidas de droga y alcohol. En una de ellas -es notorio- mató a su mujer cuando trataba de partir con un tiro la manzana que ella tenía sobre la cabeza. Sucedió en México y en estos diarios afirma que equivocó el disparo porque estaba poseído por "El Espíritu Feo". Consigna que se comunica con los muertos, fabrica conjuros, opera una "máquina deseante" que le permite el acceso a una suerte de soñar despierto, reconoce espíritus que lo protegen y demonios que lo asaltan. Estos raptos de ocultismo y magia negra alternan con las expresiones de odio que propina a humanistas negadores de otras dimensiones y a la irracionalidad de un mundo que usa el disfraz de la razón. Burroughs tenía conciencia plena de los campos de concentración, del racismo y la censura, de las seguridades que deshumanizan. Su obra, como la de Daumier o Goya, es una sátira violenta contra el autoritarismo y una parodia de los amantes y ocupantes del poder. Burroughs precisó estas posiciones en una entrevista radiofónica que Eric Mottram le hiciera para la BBC de Londres en 1964 con motivo de la prohibición de sus libros. "El virus del poder -dijo el autor de 'Nova Express'- se manifiesta a sí mismo de muchas maneras. En la construcción de armas nucleares, en prácticamente todos los sistemas existentes que procuran anular la libertad interior, es decir, controlarla. Se manifiesta en la extrema sordidez de la vida diaria en los países occidentales. Se manifiesta en la fealdad y la vulgaridad que vemos en las personas y se manifiesta, por supuesto, en las enfermedades causadas por el virus. Por otra parte, los que resisten están en todas partes, pertenecen a todas las razas y naciones. El que resiste puede ser definido simplemente como un individuo que tiene conciencia del enemigo, de sus métodos operativos, y que está empeñado activamente en combatir a ese enemigo". Bush hijo incluiría a Burroughs en la lista de terroristas más buscados. La escritura de estos diarios es similar a la de sus novelas, en las que se entrecruzan sueños, fragmentos de relatos en borrador, citas propias y de otros autores, frases de periódicos y revistas, versos de viejas canciones, ideas que aparecen al correr del pensamiento, párrafos de cartas a los amigos carentes de todo contexto personal. Es la técnica del "cut-up" -"cut and paste", se diría en lenguaje cibernético- o del collage, tan empleada en la pintura. Burroughs grababa al azar ese material aparentemente inconexo, escuchaba luego la cinta y la detenía en un punto para pasar a máquina una frase o varias. El segundo paso consistía en componer un texto doblando una de las páginas mecanografiadas e instalando la mitad en otra página "con la intención de alterar y expandir estados de conciencia en uno mismo y también en los lectores". Decía que las palabras "están vivas como animales, no les gusta que las enjaulen. Corten las páginas y dejen a las palabras en libertad". La obra de Burroughs fue muy criticada y aun atacada -censurada además- por su exposición sin tapujos del sexo, el alcoholismo y la drogadicción. Anthony Burgess fue uno de los pocos que descubrieron muy temprano su naturaleza innovadora: "Si algún escritor hay que puede reanimar una forma agotada y mostrarnos lo que todavía es posible hacer con una lengua que Joyce pareció exprimir hasta dejarla seca, ése es William Burroughs". El que amaba a los gatos. Lo vi en un encuentro internacional de poesía que tuvo lugar en Roma a fines de los años '70. Menudo, delgado, con sombrero panamá, impecable traje gris, camisa blanca, corbata al tono y coca-cola en mano, pasaba entre los asistentes de manera inadvertida, casi sigilosa. Recordé las impresiones de Paul Bowles cuando en 1961 Burroughs lo visitó en su lecho de enfermo en Tánger: "Su figura era tan tenue que su presencia en la habitación era incierta".

Henri Rousseau dramaturgo. Un análisis de Tristan Tzara

miércoles 4 de noviembre de 2009

Tristan Tzara (1896-1963), cuyo verdadero nombre era Samuel Rosenstock, ensayista y poeta francés nacido en Rumania, es conocido principalmente por ser el fundador del movimiento dadaísta en 1916. Fue él quien escribió los primeros manifiestos del movimiento -en Zürich primero, y más tarde en París- en los que definía sus principios nihilistas, aunque, hacia 1930 abandonó el pesimismo y la esterilidad propios del dadaísmo y se interesó por el surrealismo. Son célebres sus instrucciones para hacer un poema dadaísta: "Tome un periódico y unas tijeras. Escoja en el periódico un artículo de la longitud que quiera darle a su poema. Recorte el artículo. Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa. Agítela suavemente. Ahora saque cada recorte uno tras otro. Copie concienzudamente en el orden en que hayan salido de la bolsa. El poema se parecerá a usted, y será usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque el vulgo no lo comprenda".
Henri Rousseau (1844-1910), llamado El Aduanero, nació en Laval, Mayenne, Francia. Pintor aficionado, autodidacta, el más destacado representante del arte naïf, en 1886 hizo su primer envío al Deuxiéme Salón des Indépendants donde su obra fue elogiada por el pintor impresionista Camille Pissarro (1830-1903). Deseoso de perfeccionar su técnica obtuvo un carnet de copista en el Louvre. Posteriormente fue descubierto por el dramaturgo y poeta Alfred Jarry (1873-1907) quien le presentó al crítico de arte Remy de Gourmont (1858-1915) y al poeta Guillaume Apollinaire (1880-1918), el que más tarde le solicitaría un retrato junto a la pintora y grabadora Marie Laurecin (1883-1956). Así comenzó su carrera de pintor, realizando retratos y escenas parisinas para, hacia 1890 comenzar a elaborar composiciones muy originales, llenas de fantasía. Aunque sin formación académica, Rousseau manifestó una gran destreza en sus composiciones y en el uso del color.
Sin embargo no fue la pintura su única inclinación artística. En 1899 escribió "La vengeance d'une orpheline russe" (La venganza de una huérfana rusa), un drama en cinco actos y diecinueve cuadros, obra que mandará al director del Théâtre du Chátelet. Tras la muerte de Rousseau, Tzara obtuvo por medio del pintor francés Robert Delaunay (1885-1947), unos de los pioneros del arte abstracto, los manuscritos del Aduanero y en 1947 editó "La venganza..." junto a "Une visite a l'exposition de 1889" (Una visita a la exposición de 1889), un vodevil en tres actos y diez cuadros. La obra teatral de Rousseau formó parte de las bases que asentarían al teatro Dada y Surrealista, siendo admirada por toda la vanguardia de la época.
Para el libro citado, Tzara escribió en París, en mayo de 1947, un extenso y luminoso prólogo, algunos de cuyos párrafos más sobresalientes son los que se transcriben a continuación.

El tipo del hombre omnisciente que el Renacimiento había erigido como el perfecto representante del humanismo racionalista y enciclopédico de ese tiempo, ha encontrado en el artista total un equivalente del que la tradición popular ha guardado el recuerdo hasta nuestros días. El arte, a la luz de esta figuración, es una entidad, indivisible, los medios por los que adquiere forma no han sido sino accidentes fortuitos. El artista reacciona así contra toda especiálización en los diferentes dominios del arte, la técnica se puede aprender como en cualquier oficio. De ahí el carácter artesanal de las pinturas denominadas "naifs": la acción de pintar se reduce a un medio aplicado a la expresión de una visión o de un sentimiento previo. A menudo se ha podido encontrar un encanto insólito en esta separación entre la técnica y el contenido de una obra de arte ya que, ¿su concomitancia y su fusión íntima no pasan, en general, por regir la condición misma de la creación artística?
En la formación de esta concepción anacrónica del arte, se mezcla a menudo la exagerada importancia dada a la inspiración de tal modo que los románticos la consideraban como una gracia supra-terrestre. Pero, no obstante, como de lo que se trata es de traducirlo a un plano sensible, el oficio necesario adquirirá un lugar subsidiario. Ahora bien, esta manera de considerar la técnica como desprendida de la actividad del artista, puede constituir también un fin en sí mismo, de ahí el carácter minucioso de los detalles y su amontonamiento en la representación, bajo sus atributos visibles, de la realidad exterior. Si la inspiración y el oficio unidos en la organización del cuadro deben ser considerados eminentemente como la marca de la pintura culta, la contradicción entre el oficio subordinado a la inspiración y el esfuerzo realizado en el perfeccionamiento de ese oficio se traduce por un cierto desequilibrio en la pintura denominada popular. Este desnivel, debido a una torpeza conceptual, se resume en la facultad de descomponer el proceso de la creación artística dando a cada elemento la medida de su eficacia.
A la pregunta: ¿el cuadro es una realidad por sí mismo o sirve para representar una realidad imaginada?, algunos pintores surrealistas han respondido optando por la segunda proposición. Esta reacción contra una pintura que tenga su propio fin en sus medios adecuados, peligra de convertirse a su vez -a pesar del repudio de los problemas que le conciernen-, en la expresión de un intelectualismo oscurizante. Sin duda alguna, esta alternativa engendra nuevos tópicos que se están edificando sobre las ruinas del academicismo tradicional. Rousseau estaba profundamente penetrado por la concepción del artista total. Tocaba el violín, la flauta, era compositor, poeta, autor dramático y sobre todo pintor. A cada una de estas actividades, debía asignarlas igual importancia, la idea que tenía del arte las acogía a todas sin distinción. Hay que decir que la seriedad con que las consideraba y la aplicación que les otorgaba, excluía en su caso toda inconstancia. Es no obstante en la pintura donde Rousseau ha logrado una gloria incomparable que pocos de sus contemporáneos -que a menudo mezclaban a su admiración el sentimiento de una ligera ironía- han visto en todo su esplendor. Hay que decir que buscando en la profundidad misma del concepto de la pintura la solución de una nueva objetivación de la realidad sensible, difícilmente sabían admitir que Rousseau pudiese cantar, por decirlo de algún modo, la naturaleza del mundo exterior preocupándose tan sólo de los problemas de la forma y del color desde el ángulo de su aplicación a la cosa expresada. Mientras que los pintores innovadores reducían la anécdota a un mínimo de significación, hasta aceptar sólo lo esencial de la estructura plástica, Rousseau consideraba el tema como el centro mismo de sus preocupaciones.
Con todo es cierto que, partiendo de la concepción artesanal del cuadro, Rousseau ha alcanzado una innegable grandeza, porque, más fuerte que su visión arcaica del arte, la cualidad de sus dones, después de haberla rebasado, ha desembocado en una síntesis en donde esta concepción se halla incluida y que se inscribe en una evolución más general en el camino de las ideas. Rousseau se encontraba íntimamente ligado a ello y aunque situado en el plano estricto de la vida moderna, se reúne, por encima de todo ello, con la posición conceptual de las pinturas primitivas para quienes, como para los escolásticos, cada sector de la composición conserva su integridad independiente y su propia vida, no siendo la totalidad sino un ejercicio de adición más o menos mecánico. Este punto de vista, en el caso de Rousseau, se aplica igualmente a sus piezas de teatro que a su vez esclarecen su concepción pictórica valorizando los problemas del espacio y del tiempo a los que ha dado una solución personal marcada con una veracidad y una frescura singulares. La fantasía y la sensatez concurren aquí para edificar lo maravilloso involuntario que es el mundo lírico asombrosamente natural y poderoso del Aduanero.
En el primer acto de "La venganza de una huérfana rusa", en donde hay que admirar las perspectivas grandiosas del decorado -dos casas con sus jardines contiguos, chalets, el Neva transcurriendo al fondo de la escena-, mientras la acción se desarrolla por un lado, los protagonistas del chalet vecino permanecen, por decirlo de algún modo, en suspenso, y esto una tras otra, como en las grandes composiciones de los pintores primitivos en donde la sucesión de las escenas quiere suplir al movimiento. La conexión entre esas escenas se deja a cargo de la memoria, estando todas presentes simultáneamente y debiendo ser mirada aparte cada una de ellas. Sí, en el cine, la retina puede retener una imagen durante una fracción de segundo para que la imagen siguiente la continúe dando así la ilusión del movimiento, el desglose del film pide a la memoria un trabajo análogo. Después de haber sido impregnados por una escena, el brusco transporte que se nos impone en el pasado o en el futuro o en un lugar diferente, supone a nuestra inteligencia un esfuerzo de abstracción, de analogía y de deducción que, al igual que un peldaño en relación a una escalera, suprime lo que no es esencialmente necesario, apremiándonos a aceptar el principio de continuidad sobre el que está basada la función misma del cine. Esta alternancia de la acción, en el comienzo del primer acto de "La venganza...", arroja una luz particular sobre la concepción de varios cuadros de Rousseau en donde el acontecimiento está tomado en el estado naciente, suspendido por así decirlo en un hecho ulterior.
Se podrían multiplicar los ejemplos en donde la sucesión de instantáneas, en las obras de teatro de Rousseau, ofrece una solución inusual al problema del tiempo y del espacio. En su "Visita a la exposición de 1889", la buena familia bretona que se equivoca sobre el significado de todos los monumentos de París recorre en un tiempo record la ciudad: tan pronto se encuentra en la Madeleine, en los Invalides o en la plata de la Republique, sin preocuparse de las exigencias escénicas ni respetar las leyes de la verosimilitud que, sin embargo, Rousseau no abolió completamente. Las modifica, en conformidad con su deseo de sintetizar el movimiento, así como por otro lado, en sus cuadros, aborda ese problema bajo su aspecto figurativo tradicional sin caer nunca en la convención académica y estereotipada de los fabricantes de alegorías. Esta sintetización que, bajo ciertos aspectos, hace preveer el desglose cinematográfico, determina, entre otros, el carácter moderno de su obra, carácter por el que hay que entender el descubrimiento de la novedad, de la actualidad válida y, en consecuencia, auténtica de una época. En las obras de Rousseau que han sido concebidas para ser representadas hay una anticipación del cine que no es resultado de la búsqueda de una nueva técnica, sino más bien de la explicación de la realidad por medio de una síntesis teatral que, en ciertos momentos, infringe el cuadro de las indicaciones escénicas y las posibilidades de realizarlas. El autor parece, después de haber sufrido poderosamente la ilusión del teatro, querer imponerlo, por el único arrebato de su pasión, una superación en donde su visión del movimiento y del espacio encuentra una forma apropiada.El principio de yuxtaposición y simultaneidad que rigió su pintura, en donde los lugares comunes están sublimados y superan sus limites convencionales, Rousseau lo encontró instintivamente en el nivel de una conciencia temporal que se hallaba en los pintores del "quattrocento". Perdido en nuestra civilización, y colocado ante el espectáculo de un perpetuo descubrimiento, es de la adaptación formal de su mentalidad a las condiciones materiales de su tiempo de donde viene la extrañeza mítica y el empirismo de su concepción del mundo. Los que hablan de la ingenuidad de Rousseau creen quizá resolver con una palabra un problema que, en el plano humano, es infinitamente más complejo. Una cierta forma de madurez de la visión, poderosa en su concordancia con la experiencia de la historia, que Rousseau creía que era la de la vida, puede, en el caso de los que, no digo simples, pero sí dispuestos a llamar a las cosas por su nombre y a contentarse con su evocación, envolverse en una cascara impermeable a las influencias del exterior. Situados ante la complejidad de la vida, esos seres se refugian en una posición de simplicidad a ultranza, en donde el problema se niega por el simple hecho de que se rehusa a plantearlo. La complejidad que no sabría sin embargo hacer desaparecer se convierte entonces en una multitud de detalles. La razón puede captarlos más fácilmente disponiéndolos en un encadenamiento primario y clasificando su importancia según una escala de atributos en donde la sensatez es juez y parte a la vez. Este sistema cerrado genera un desarrollo más intenso de una mitología personal -e incluso de una vida interior- que en aquellos cuya vida exterior mantiene constantes relaciones de intercambio. Esta falta de comunicación con un mundo que no era estrictamente el suyo ha determinado en el caso de Rousseau la formación de una personalidad lo suficientemente caracterizada como para dar nacimiento a un estilo que, no solamente en el orden pictórico o teatral, es un estilo de vida. Sin duda alguna, se reconoce en su base las características que se encuentran en aquellos a los que los supuestos "grandes" han tomado la mala costumbre de llamar la "gente común", especialmente la generosidad natural, la credulidad y el buen humor. Pero su misteriosa y triunfante facultad de permanecer joven, Rousseau no puede haberla encontrado sino en las capas profundas de las edades de la humanidad. Ahí todo es juego, calma y voluptuosidad. La libertad de interpretar edénicamente el mundo está reservada para aquellos en quienes la infancia ha crecido sin abandonar su pureza primordial.
¿A qué es debido esa pureza misteriosa que incita al hombre a expresarse y comunicar el resultado de su experiencia formulándola de un modo plástico o literario? ¿El proceso de la creación tiene una fuente común en el salvaje, el niño y el loco? Del estudio de estas cuestiones, depende una buena parte de la solución que se dé al problema de la creación artística. Nos parece que, no mermado por el automatismo de las conductas y las consideraciones históricas o intelectuales, desprovisto en parte de prejuicios y no teniendo presente más que la eficacia, el producto artístico del hombre primitivo, del niño y del loco se presenta casi en estado de desnudez. Si por analogía, se pudiese identificar esas tres especies a ciertos caracteres de la prehistoria, el de un estadio más evolucionado, mítico-racionalista, correspondería a la cultura protohistórica. En cierta medida, la obra de Rousseau, en tanto que ilustración de esta última categoría, podría servir útilmente para elucidar un problema cuya complejidad no ha dejado de preocuparnos.El sentimiento es, para Rousseau, en el estado elemental, una toma de posición determinante en la constitución del ser humano. Este sentimiento, fuerte y sin mezcla, domina los acontecimientos, los hace mover y su disposición entre el bien y el mal está finalmente sometida a la ley de la justicia ineluctable que, al mismo tiempo, resuelve los problemas de la fatalidad y del azar. La concepción angélica que se hacía de la virtud y el satanismo del mal entablan un combate donde las pasiones se enfrentan con sus artimañas y sus entusiasmos y, si el heroísmo es la ley común a los hombres, el bien debe quedar como el supremo vencedor, así lo quiere la tradición popular y el optimismo siempre vivo en el alma de los pueblos que combaten por el advenimiento de la justicia y del amor universal. Pero esta vida de sentimientos se expresa, para Rousseau, por una evidencia indiscutible, siendo las virtudes que los animan el patrimonio exclusivo de cada uno de ellos. Sus personajes están, se podría decir, habitados por uno u otro sentimiento y la actitud del espectador ante ellos no necesita un juicio de valor para expresarse, ya que el solo enunciado de una tara o de una cualidad comporta bien su condenación, bien una adhesión de simpatía. Rousseau está tan seguro de esos juicios del espectador que, cuando construye una intriga teatral, desmonta todo el mecanismo y la acción transcurre como realmente se había anunciado. ¿Para qué los efectos de sorpresa cuando se sobreentiende que el público está de parte de la heroína y que se asocia, en todo, a sus acciones, al igual que es natural que apoye la causa de bueno y del justo?
El contraste entre el bien y el mal es absoluto, decisivo e inapelable. El orden triunfa en todas las alteraciones del espíritu. Rousseau expone pausadamente los hechos, como si extendiese colores sobre su tela. Cierto estereotipo de su lenguaje haría pensar en la repetición de temas en el plano pictórico, si Rousseau en ese melodrama no se encontrase realmente desbordado por la importancia de su empresa. El encanto que en sus cuadros desprenden los atributos de lo maravilloso materializado bajo la forma de símbolos y el ritmo que resalta su construcción no tienen en sus obras de teatro el mismo significado sugestivo. Rousseau no ha resuelto el problema de la escritura, en donde el medio de expresión se inserta como un elemento constitutivo, con la misma facilidad que en su pintura. Para él existe, por un lado, la realidad concreta del mundo y por el otro, la voluntad de traducirla. La trama y la afirmación de la verdad se conjugan para edificar en ellas la totalidad imaginada. Pero cada componente conserva la unidad de su típico valor. La creencia que el realismo mantiene en ciertas características de formas aparentes se manifiesta igualmente en el campo del buen humor que está sólidamente establecido como valor en el espíritu de Rousseau para reemplazar lo cómico. Los personajes campesinos de "Una visita a la exposición de 1889" y los criados de "La venganza de una huérfana rusa" no tienen de cómico más que su manera de hablar en donde la sensatez pretende situarlos en un mundo aparte, en contradicción con él, llamado razonable, mundo "civilizado".

Tres obras de teatro de Rousseau han llegado hasta nosotros. Las dos mencionadas hasta ahora han sido recogidas por Robert Delaunay. Tras la muerte del Aduanero, su hija, la señora Bernard-Rousseau, le entregó los manuscritos en agradecimiento de su devoción a la memoria de Rousseau. "L'etudiant en goguette" (El estudiante de juerga), comedia en dos actos y tres cuadros, es una obra ligera, menos original que las dos primeras. Nos ha parecido que no aporta a nuestro ensayo de liberar de su leyenda al espíritu del Aduanero un elemento de información suficientemente fundado. El manuscrito de "Una visita...", aunque no está fechado, seguramente apareció durante la duración de la exposición. Numerosas correcciones, hechas en parte por medio de trozos de papel pegados, nos incitan a creer, que es el bosquejo de ese vodevil. Consta de setenta y tres hojas numeradas. El manuscrito de "La venganza..." es probablemente la copia, del puño y letra de Rousseau, que se presentó en el teatro de Chátelet. En el interior de la tapa, Rousseau escribió: "Señor Rochard, director del teatro de Chátelet", y sobre la tapa y en la primera página, la cifra "23" a lápiz azul indica probablemente el número de orden registrado por el teatro. Este manuscrito comprende ochenta y nueve hojas numeradas. En la última página, se lee: "Acabado el cinco de enero de 1899". A continuación la firma: "Henri Rousseau, calle de Vercingétorix número 3". El melodrama "La venganza..." debió ser escrito especialmente para el Chátelet, pues ningún otro teatro ha sido capaz de un despliegue tan vasto de decorados. El hecho de que se desarrolle en Rusia se debe a la actualidad que podía favorecer al eventual éxito de la obra, en ese año de la visita del Zar a París.Sin atribuirle otro valor literario que el que apenas rebasa los esfuerzos de una categoría de hombres con miras a expresar su voluntad de hacerse entender, la publicación de este documento no pretende más que aclarar la personalidad poderosamente definida de Rousseau el Aduanero en sus relaciones con el universo que se había creado. Aunque su obra pictórica refleje la plena existencia del particular mundo de su sueño, nos ha parecido que esta publicación contribuirá a valorizar el carácter de autenticidad, necesario y no intencionado, de su pintura, siguiendo de más cerca las concepciones que fueron los cimientos de ella. Surgida de su modo de sentir y de ver, es la expresión inmediata de su propia naturaleza. El escándalo que había ocasionado es el de la sinceridad y la poesía, pero Rousseau era consciente del desafío que significaba y que no era sino la afirmación obstinada de su personalidad estando expuesto al blanco de las burlas de las que todos los innovadores eran víctimas. El sabor y el encanto que se desprenden de su obra no han cesado de conmovernos. Aumentan y se imponen, sin llegar a agotar la razón de nuestra admiración. Nos reafirman en la idea de que las sorpresas están reservadas a quienes, por encima del mal, encuentran, como Rousseau, su profunda justificación en una libertad acomodándose a la esperanza que aún les está reservada, aunque sólo sea en el plano del espíritu y a pesar de las provisionales o miserables condiciones del mundo actual, en la esperanza en una armonía vasta y fraternal de la que numerosos Aduaneros están siempre listos para defender la pureza en las fronteras de lo posible.

Entremeses literarios (LXXIX)

OH QUEPIS, QUEPIS, QUE MAL ME HICISTE
Mario Benedetti
Uruguay (1920-2009)

I. El obrero le dijo al militar progresista: "Buenas intenciones tal vez, pero serás mandón hasta la muerte". El militar progresista le dijo al blanco nacionalista: "¿Querés que te sea franco? Tu reforma agraria cabe en una maceta". El blanco nacionalista le dijo al batllista: "Lo que pasa es que ustedes siempre se olvidan de la gente del Interior". El batllista le dijo al demócrata cristiano: "Yo escribo dios con minúscula, ¿y qué?". El demócrata cristiano le dijo al socialista: "Comprendo que seas ateo, pero jamás te perdonaré que no creas en la propiedad privada". El socialista le dijo al anarco: "¿No se te ocurrió pensar por qué ustedes no han ganado nunca una revolución?". El anarco le dijo al trosco: "Son un grupúsculo de morondanga". El trosco le dijo al foquista: "Estás condenado a la derrota porque te desvinculaste de las masas". El foquista le dijo al bolche: "También ustedes tuvieron delatores". El bolche le dijo al prochino: "Nosotros nos apoyamos en la clase obrera: ¿también en esto nos van a llevar la contra?". Y así sucesivamente. "Apunten, ¡fuego!", dijo el gorila acomodándose el quepis, y un camión recogió los cadáveres.
II. El batllista le dijo al blanco nacionalista: "Y bueno, hay que reconocer que ustedes han tenido a veces una actitud antimperialista que nos faltó a nosotros". El blanco nacionalista le dijo al socialista: "Quizá a mí me falta tu obsesión por la justicia social". El socialista le dijo al demócrata cristiano: "Yo creo que nuestras discrepancias acerca del cielo no tienen por qué entorpecer nuestras coincidencias sobre el suelo". El demócrata cristiano le dijo al anarco: "¿Sabes qué rescato yo de tus tradiciones? Ese metejón que tienen ustedes por la libertad". El anarco le dijo al prochino: "Pensándolo mejor, no está mal que se abran las cien flores". El prochino le dijo al bolche: "¿Qué te parece si hacemos una excepción y coincidimos en eso de la justicia social?". El bolche le dijo al trosco: "Ojalá fuera cierto lo de la revolución permanente". El trosco le dijo al foquista: "¡Ustedes por lo menos se arriesgan, carajo!". El foquista le dijo al militar progresista: "No creo que ustedes, como institución, vayan alguna vez a estar del lado del pueblo. Pero puedo creer en vos como individuo". El militar progresista le dijo al obrero: "Cuando suene aquello de Trabajadores del Mundo uníos, ¿me hacés un lugarcito?". Y así sucesivamente. "Apunten", dijo el gorila acomodándose el quepis. Entonces los soldados le apuntaron a él. Por las dudas no gritó:
"¡Fuego!". Se quitó el quepis, lo arrojó a la alcantarilla, y algo desconcertado se retiró a sus cuarteles de invierno.


POR SU BIEN
Jordi Cebrián

España (1964)

Mi vecino trataba tan mal a su mujer e hijos, que decidí entrar en su casa para molerlo a palos. Sus hijos intentaban defenderle y su mujer, llorando, me gritaba que dejara en paz a su marido, que arreglarían solos sus problemas. Tanto escándalo montaban que tuve que encerrarles en habitaciones separadas. Até al marido a una silla y, tras hacerle pagar sus malos tratos, lo tiré por la ventana. Me quedaré algunos días en su piso, hasta que la mujer y los niños se den cuenta del bien que les he hecho y de que están mejor que antes.


UN ASESINATO JUSTIFICADO
Ricardo Palma
Perú (1833-1919)

Alcalde de corte en 1572 era el licenciado don Gonzalo de V. Una mañana encaminóse a la cárcel de la Pescadería para despachar, con destino al presidio de Chagres, trece condenados a expiar allí su delitos durante ocho años. Habíase permitido a los deudos de esos infelices que para despedirse de ellos penetrasen en el patio de la cárcel, y son para imaginadas más que para descriptas las dolorosas escenas que allí se realizaron. Despidiéndose de uno de los reos, sentenciado por ladrón y asesino, hallábase su hermana, una bellísima mulata, la que se arrojó a los pies de don Gonzalo pidiéndole la libertad del pez. El demonio de la lujuria mordió los sentidos del licenciado, y a trueque de los apetitosos favores de la muchacha convino en sacrificar sus deberes de juez y su conciencia de hombre. Pero presentábase una pequeña dificultad. Siendo trece los condenados, había que arbitrar la manera de no cambiar el fatal número. El señor de V. mandó poner preso al primer pobre diablo que pasara por la calle, y haciéndose sordo a sus protestas lo envió, poco después de las oraciones, al Callao en trabilla con los doce picaros. El buque que debía transportarlos al presidio zarpó aquella noche. El substituto del hermano de la que, por su belleza, pasar podía por tentación encarnada, era un honradísimo leñador que dejaba mujer e hijos, ignorantes del cruel destino que le había cabido. Ocho años pasó el infeliz en Chagres devorando en silencio su amargura, pero acariciando un pensamiento de legítima venganza. En 1767 ocubaba ya don Gonzalo plaza de oidor en la Real Audiencia de Lima; y una tarde en que regresaba de su cotidiano paseo por la Alameda, al pasar bajo el arca del Puente arrojóse sobre él un hombre, y clavándole un puñal en el pecho, le dijo:
- Yo soy Tomás el leñador, a quien tuvo su señoría ocho años en el presidio.
Y empapándose las manos (dice el proceso que extractamos) en la sangre caliente que a borbotones salía de la herida, y bañándose con ella la cabeza, exclamó con una espantosa carcajada:
- ¡Ya me lavé las canas que me salieron en el presidio de Chagres!
Preso en el acto, Tomás fue sentenciado a horca, cortándole antes el verdugo la mano derecha. Y habríase cumplido la terrible sentencia a no existir en la escolta del virrey Amat un soldado, hijo del leñador, quien puso en antecedentes a su excelencia. A pesar del empeño de los oidores por vengar la muerte de su compañero, el justificado Amat envió la causa a España, y en 1769 volvió ésta con el real y definitivo fallo. Su majestad declaraba que el oidor V. había sido muerto en buena ley y que de sus bienes se pagara a Tomás, durante su vida, una pensión de diez pesos fuertes al mes.



DE LA LITERATURA NIPONA
Roberto Fontanarrosa
Argentina (1944-2007)

Tsé-Hu-Tchen, mandarín de Kiusiu, se hallaba reposando en los jardines de su palacio. De repente, apareció un caballo y le mordió una rodilla. Min-Tsú, esposa de Tsé-Hu-Tchen, acudió presurosa, dispuesta a espantar al corcel con una palmeta.
- Déjalo. Déjalo -le dijo Tsé-Hu-Tchen.

Poco después el animal se marchó tan sigiloso como había llegado.
- Debiste haberme permitido que lo asustase -reprochó Min-Tsú a su marido.
- Bien sabes -dijo entonces Tsé-Hu-Tchen- que ese caballo puede ser la reencarnación de nuestro amado hijo Ho-Knien-Tsí, muerto en el combate naval de Ngen-Lasha.
- ¡Sigue, sigue! -se quejó la mujer- ¡Sigue malcriándolo!



PERDIENDO VELOCIDAD
Samanta Schweblin

Argentina (1978)

Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos.
- ¿Qué pasa? -le pregunté.
Tardó en sacar la vista de los huevos.
- Estoy preocupado -dijo-, creo que estoy perdiendo velocidad.
Movió el brazo a un lado y al otro, de una forma lenta y exasperante, supongo que a propósito, y se quedó mirándome, como esperando mi veredicto.
- No tengo la menor idea de qué estás hablando -dije-, todavía estoy demasiado dormido.
- ¿No viste lo que tardo en atender el teléfono? En atender la puerta, en tomar un vaso de agua, en cepillarme los dientes... Es un calvario.
Hubo un tiempo en que Tego volaba a cuarenta kilómetros por hora. El circo era el cielo; yo arrastraba el cañón hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al público, pero escuchábamos el clamor. Las cortinas aterciopeladas se abrían y Tego aparecía con su casco plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. Su traje rojo brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él trepaba y metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran los paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los fósforos. Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja pequeña pero tan brillante que podía verse desde el último escalón de las gradas. La abría, sacaba un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la caja. En ese momento todas las miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido surgía el fuego. Encendía la soga. El sonido de las chispas se expandía hacia todos lados. Yo daba algunos pasos actorales hacia atrás, dando a entender que algo terrible pasaría -el público atento a la mecha que se consumía-, y de pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía disparado a toda velocidad. Tego hizo a un lado los huevos y se levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo, y estaba viejo. Respiraba con un ronquido pesado, porque la columna le apretaba no sé qué cosa de los pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la mesada para ayudarse, parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces simplemente suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina, y se detuvo.
- Yo sí creo que estoy perdiendo velocidad -dijo.
Miró los huevos.
- Creo que me estoy por morir.
Arrimé el plato a mi lado de la mesa, nomás para hacerlo rabiar.
- Eso pasa cuando uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer -dijo-. Eso estuve pensando, que uno se muere.
Probé los huevos pero ya estaban fríos. Fue la última conversación que tuvimos, después de eso dio tres pasos torpes hacia el living y cayó muerto en el piso. Una periodista de un diario local viene a entrevistarme unos días después. Le firmo una fotografía para la nota, en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el casco y su traje rojo, yo de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica queda encantada. Quiere saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que yo quiera decir sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso, y no se me ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar.
- ¿Café? -pregunto.
- ¡Claro! -dice ella. Parece estar dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo un fósforo contra mi caja de plata, para encender el fuego, varias veces, y nada sucede.



ROPA USADA
Pía Barros

Chile (1956)

Un hombre entra a la tienda. La chaqueta de cuero, gastada, sucia, atrapa su mirada de inmediato. La dependienta musita un precio ridículo, como si quisiera regalársela. Sólo porque tiene un orificio justo en el corazón. Sólo porque tras el cuero, el chiporro blanco tiene una mancha rojiza que ningún detergente ha podido sacar. El hombre sale feliz a la calle. A pocos pasos, unos enmascarados disparan desde un callejón. Una bala hace un giro en ciento ochenta grados de su destino original. Se diría que la bala tiene memoria. Se desvía y avanza, gozosa, hasta la chaqueta. Ingresa, conocedora, en el orificio. El hombre congela la sonrisa ante el impacto. La dependienta, corre a desvestirlo y a colgar nuevamente la chaqueta en el perchero. Lima sus uñas distraída, aguardando.


CERTEZAS Y ESPEJISMOS
Diego Hurtado
Argentina (1961)

Un adolescente de perfil está inmóvil bajo el sol irreal. Entonces, una mujer sale de la casa más bien precaria y descubre a su hijo, siempre de perfil, contemplando absorto, bajo la luz sorda y caliente, un animal. Un animal sagrado. Hace ya dos días que se instaló en el espacio que hay detrás de su casa, a varios kilómetros de polvo de alguna ciudad. Y devora sus plantas, pisotea sus flores. Sentado en el mismo banco de madera que usaba su padre, su hijo mira a la bestia. Mientras la bestia mira el vacío, su hijo tiende hacia la bestia un hilo frágil de voluntad. Algo que podría llamarse curiosidad si no fuera tan débil e inexpresivo. El sol blanco enturbia el pelo negro de su hijo, hace más viejas sus sandalias viejas, llena su camisa con luz y calor. Su hijo mira absorto al animal que mira el vacío, o tal vez algo invisible y enorme e inefable. Y ella lo mira a él, lo descubre en su cavilación ausente, en su tensión volátil, apenas más intensa que la somnolencia por un matiz de incertidumbre o de curiosidad. Sin resignación aún, comprende el espesor mínimo de la existencia de su hijo, de esa hebra querida sentada en el filo de un abismo de luz. Por contigüidad, por asociación de formas, también descubre la precariedad del animal, su morfología grosera y monstruosa, la mortal confusión de aquellos ojos que miran el vacío; descubre la esterilidad y la desesperación que habitan en todo ser vivo, aunque con exacerbado patetismo y horror en la bestia. Entonces, por un instante, los fragmentos se articulan y revelan la divinidad en su inabarcable inmensidad y, contenido en ella, la ostentosa perversión del poder que es su esencia. Así, con la certeza que dan los ojos y la luz, concibe, ella cree ver que la bestia está llevándose el alma de su hijo. Es cierto que no lo ve como se ven las propias manos, pero adivina que el alma de su hijo está siendo devorada por la roca apenas viva que, sin embargo, es una divinidad o una porción de ella. El instinto la empuja a dar dos pasos hacia la mole indiferente. Pero su propio movimiento desgarra toda certeza. Todo equilibrio es espejismo. La visión se disipa. Piensa en el lento alejamiento de su hijo, que algunos llaman enfermedad mental, piensa que el mal que trae el viento se lo está arrebatando, piensa en los curanderos, en los que emplean frases del Corán y en aquellos que acuden a los fetiches de los templos del bosque. A todos ha vencido la enfermedad de su hijo. Aspira el aire dulce y caliente de la meseta, gira sobre sus pasos, entra en la casa y enciende el fuego para calentar un poco de agua.


¿VIVIR?
Mario Halley Mora
Paraguay (1926-2003)

Carlos murió a los setentiséis años. A los veinte había entrado a trabajar de dependiente en un gran almacén, y se jubiló a los cincuenta. Joven aún, volvió a emplearse en otro almacén, y se jubiló a los setenticinco, muriendo un año después, casi sin gozar de su doble jubilación. Por su parte, Raúl murió a los treintidos años. A los quince se había fugado de su hogar y viajó como ayudante de cocinero en un barco de ultramar. Fue mozo en París, músico en Atenas, soldado en Africa, croupier en Montecarlo y gondolero en Venecia. Cuando tenía treintidos años, lo mató un marinero celoso. Carlos vivió mucho, pero vivió poco. Raúl vivió poco, pero vivió mucho.


EL GRAN MAGO Y LOS PEQUEÑOS MAGOS
Javier Villafañe

Argentina (1909-1996)

El Gran Mago huía perseguido por pequeños magos. A un lado estaban las montañas; al otro lado, el mar. El Gran Mago trazó una raya en la arena para detener a los pequeños magos que lo perseguían. Y cuando los pequeños magos llegaron a la raya que el Gran Mago había trazado en la arena, se detuvieron. No podían pasar. Entonces los pequeños magos hicieron caballos de arena para que saltaran la raya y poder alcanzar al Gran Mago. Los pequeños magos montaron los caballos y los caballos dieron media vuelta, galoparon y entraron en el mar. Se transformaron los caballos, volvieron a ser arena y se ahogaron los pequeños magos. El Gran Mago hizo un caballo de arena. Un hermoso caballo. Lo montó y regresó mirando las montañas y el mar. Cuando el Gran Mago se apeó del caballo, el caballo le preguntó:
- ¿Volveré a ser arena?
- No -respondió el Gran Mago.
Y el caballo sintió hambre y sed. Después se quedó dormido, parado sobre sus cuatro patas.



REMINISCENCIAS
Daniel Dessein
Argentina (1973)

Caminando por la calle vi pasar a una mujer con un cuaderno bajo el brazo, que me recordó a uno que tenía yo de niño, en el que atesoraba dibujos en los que intentaba atrapar mis sueños; donde una tarde tracé las líneas del rostro de una chica que soñé. Soñé amarla y la amé soñando, con la intensidad de quien no distingue la realidad de su imaginación. Nunca pensé, que ese cuaderno que un día perdí, habría de encontrarlo, años después, caminando por la calle, bajo el brazo de la dueña de ese soñado rostro.